sábado, 23 de enero de 2016

abriendo ventanas, que me llene el viento

Soy de esa clase de personas. Aquellas que no creen en la energía, en el poder de las piedras, en dioses o diosas, en meditación curativa, en viajes astrales, en vivir en la luna... 

Siempre me ha gustado escuchar las historias de las personas que, al contrario que yo, han experimentado cosas que no pueden explicar, han decidido creer y cultivar un modo de vida totalmente opuesto al mío. Eso sí, mi actitud escéptica no se movió jamás del sitio mientras oía estos relatos. Esto no quiere decir que mi forma de vivir no sea plena, que no disfrute de lo que hago, que no me apasionen cosas extrañas, que nunca me haya dejado llevar por un impulso irreconocible de una parte de mi que de pronto decide que esta harta de vivir siempre de la misma forma. Supongo que fue esa pequeña parte la que me empujó a venir a Lisboa. Y es esa parte la que me llevó hace dos semanas a mi primera clase de biodanza (jamás en la vida habría yo pensado entrar en esa sala, todos abrazándose, bailando sin sentido y gritando o llorando, que horror). 

Pues entré. Y bailé. Y lloré. Y grité. Y escuché las cosas que algunas de aquellas personas totalmente desconocidas compartían con los demás. Y pensé que yo no me atrevería a contar algo tan íntimo, aunque seguramente lo haga algún día, cuando esas personas dejen de ser extrañas. Y, para colmo, me sentí genial. Y salí con ganas de decir todo lo que callo, de correr lo que me hace reír, de bailar lo que me pone triste. Llegué a casa con resaca, agotada, dolorida, despeinada, sudando y con una sonrisa de oreja a oreja. Me dormí así... mientras decidía qué cosas quería cambiar. 


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